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Pues ya hemos liquidado otro curso —y, uf, van un montón, ¡prohibido preguntar cuántos!— rematado, como de costumbre, por la tradicional y multitudinaria cena final en la que reunimos a todos los alumnos para ponernos ciegos de comida y baile... sobre todo lo último, que es de lo que se trata, ¿no? ¡No contestéis a la pregunta! A lo que íbamos, en esta ocasión el evento tuvo lugar en el Hotel Begoña Park, recuperado para la causa tras unos añitos de nevera por ciertos fallos en 2008... pero esta vez fuimos tratados a cuerpo de rey y todo salió perfectamente.

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La cena fue un éxito total, con un menú delicioso y bien servido, a decir de la mayoría, o al menos de los que opinaron cerca de mi oreja; y la parte bailonga del asunto no le anduvo a la zaga: el salón disponía de abundante espacio libre a modo de pista de baile, el equipo de sonido era excelente y funcionó toda la noche sin el menor problema, no pasamos calor en absoluto gracias al aire acondicionado y respecto a la música... ¿qué voy a decir de la música, si soy YO el encargado de seleccionarla y pinchar? ¡Pues que fue extraordinaria, jaja! No, en serio, el mogollonómetro osciló toda la noche entre el 80 y el 90% —o sea, lleno casi constante en la pista—, de hecho sólo nos cayó (a Emma y a mí) el marrón de una sevillana-exhibition tras un vergonzoso escaqueo masivo, y todo el mundo en general coincidió en alabar la selección musical y el ambiente tras la cena. ¡Prueba superada!

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Y si no os importa, esta vez paso de enrollarme más... Ya sabéis, siempre estoy contando lo mismo y bla, bla, blá. Sólo añadir que el número de comensales fue de 111 —curioso número, ¡vaya coincidencia!—, aunque a partir de la medianoche se fueron sumando algunos amigos más, y que la juerga duró hasta las 3 de la mañana, hora en que levantamos el campamento y nos piramos para que los pobres camareros "de guardia" pudieran recoger e irse a su vez. Y colorín colorado, este curso se ha acabado... ¡Feliz verano a todos!

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