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Pues ya tenemos una segunda colaboración, amigos. En esta oportunidad, Bernardo García nos ha enviado una divertida y aguda reflexión sobre las diferencias entre el baile en pareja y otras formas de bailar. Se podrá estar o no de acuerdo, pero no se puede negar la gracia conque lo explica.

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Soy uno de esos seres humanos que nunca se han preocupado por el baile. No es que lo ignore completamente, ni que lo odie. Lo que ocurre que tuve la triste circunstancia de nacer en una época en la que, llegada la adolescencia y el momento de 'empezar a bailar', el baile con pareja era una cosa 'como antigua' y 'demodé'.

Lo que se empezaba a llevar eran los 'sueltos'. No había que elegir una pareja, no había unas normas fijas, no había un ritmo claro, no era necesario ser elegante... O sea, que no había nada, aquello parecía la llegada de la libertad a otro sector de nuestra sociedad. Pero como en muchas ocasiones se sobrepasó la linea de la libertad para convertirse en un libertinaje arrítmico. Las discotecas se convirtieron en una especie de estadios del culto al desternillamiento. La cosa consistía en ver quién hacía el movimiento más absurdo en el que se lograba adquirir la postura más ridícula. Eso sí, si se conseguía semejante efecto con un vaso de cubata, la cosa ya era para nota.

¿El ritmo? No hijo, no, el ritmo es para los antiguos. Da igual que la música esté claramente marcando un determinado compás, tú no te vas a dejar mandar por nadie y menos por los atronadores sones de unos modernos baffles. Te has de mover como te salga de los codos. ¿Y la elegancia? Menos todavía, la cuestión es sudar a chorretones y tener la camisa pegada al cuerpo con unas rodelas como las de Camacho en Corea. ¿Y las chicas? ¿Las chicas para qué? No hacen falta chicas, se puede bailar entre machotes. Estaba ante un espectáculo que bien se podría haber producido millones de años atrás cuando un grupo de australopitecos se movían al son de los ruidos de los fémures de un mamut contra el tronco de un roble.

Total, que aquello no me interesó nada. Y no se me ocurrió rebuscar entre toda esa morralla para encontrar los bailes de pareja, ritmo, elegancia y normas. Esa interpretación de la música a través de nuestros cuerpos. Ese juego de seducción de dirigir y ser dirigido. Esas normas estéticas que encuadran y embellecen el ancestral impulso de moverse ante un ritmo acompasado.

Y me da la impresión de que me he perdido algo bueno. Pero nunca es tarde para imaginar que estoy con mi pareja en la mesita de un buen restaurante de New York. Yo visto un impecable smoking y ella un impactante vestido largo con un escote que deja ver sus elegantes hombros. La orquesta dirigida por Glenn Miller comienza los primeros compases de 'Moonlight Serenade'. Cojo a Victoria por la mano y demostramos nuestro amor bailando, como si dibujasemos corazones con los pies en la pista tenuemente iluminada...

Mañana mismo aprendo a bailar.
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COLABORACION PUBLICADA ORIGINALMENTE EN 2003

COMENTARIO DE IÑIGO (16/11/06)
<Me gusta tu reflexión y te deseo lo mejor en tu nuevo descubrimiento llamado sensualidad ritmica acompasada. Eso sí, chico, entre dos, que siempre es mejor y se agradece un montón por las féminas del mundo>

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